Theo Jansen

“Aunque sea sólo un cúmulo de infelicidad, la vida me es querida y la defenderé.” – Monstruo del Dr. Víctor Frankestein

 

Hay creadores que hacen escultura, pintura, fotografía, arquitectura, creadores que hacen arte para la vida o a partir de la vida de otros, Theo Jansen no es un creador de esos, Theo Jansen crea vida.

Nació en Holanda y estudió Física en la universidad de Delft, las cosas comenzaron a ser diferentes cuando comienza a dedicarse a la pintura y termina construyendo Ovnis, máquinas para pintar,  y pasando mucho tiempo frente a la pantalla de la computadora desarrollando software para la creación que daba vida a criaturas virtuales, aburrido de estar frente a la pantalla comienza a probar con materiales como el tubo de PVC.

Desde entonces a desarrollado una serie de animales con base mecánica y teoría genética. Una vez más la ciencia y el arte se encuentran, crear criaturas vivientes ahora se comienza a tomar más en serio y se ha comenzado a conceptualizar en lo que se llama “Ciencias de la Biología Sintética”.

“Un par de años más y estas criaturas vivirán por ellas mismas en la orilla del mar, quién sabe quizá un día decidan adentrarse al mar y no sabremos hasta dónde llegarán a evolucionar” -Theo Jansen

Sitio web: www.strandbeest.com

 

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Un comentario!! :-) para “Theo Jansen”

  1. Alberto 24 septiembre 2011 at 23:36 #

    “La ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido…”

    Hermosas, bellísimas bestias. Qué diferentes de aquéllas no creadas por el hombre, pero sí convertidas en un algo sin vida y terrible, como aquella pantera de Rilke, a la que –presa de barrotes en desfile incesante– le parece que el mundo está hecho de barrotes y nada más existe tras de ellos.

    Esa pantera que es la cifra de todas las bestias que han entrado por desgracia bajo el arbitrio del hombre. Bestia que ha sido despojada, pues, de aquello que la hacía pantera, y a la que sólo queda un largo e indolente mirar sin mirar al infinito. Un infinito, por supuesto, también hecho de barrotes.

    “Sólo a ratos sin ruido se levantan los cortinajes que ocultaban sus pupilas;
    cruza una imagen hacia adentro,
    se desliza a través de los rígidos músculos
    inmóviles, cae en su corazón y muere”.

    Qué diferentes bestias son éstas, pues. Cuánta belleza en ese costillar imbricado hecho de tubos (tubos, no barrotes: sutil la diferencia).

    Ve tú a saber por qué el andar de estas creaturas me recordó un poema de Juan Carlos Mestre cuyo sentido no entiendo del todo, pero que ha andado estos días rondándome la cabeza.

    Viéndolas caminar en el video, decía, recordé otra vez el poema de Mestre e imaginé que esos versos bien podrían ser la meditación un tanto complicada y hermética de estos animales (¿cómo sería la poesía de estos seres si pudiéramos traducirla, más allá de los unos y los ceros, por ejemplo?).

    Copio y pego el poema completo, pero fíjate sobre todo en los primeros versos. Imagina además que es uno de estos animales quien los dice, un poco igual de complicados que son, y un poco sin ganas de justificar su porqué ni tener sentido… apenas siendo, transcurriendo…

    LIBÉLULA
    Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria
    a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente
    las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
    extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos
    en la perfección de los huesos. En aquel tiempo
    yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos del corazón.
    Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas
    de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.
    En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,
    palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.
    Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,
    un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.
    No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación
    del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.
    Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
    la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido
    mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,
    la cámara del que guarda su placer en ella.
    Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
    pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
    en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
    Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
    que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
    Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de esa invención
    me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
    y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío.
    Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,
    era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,
    como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.
    Yo solo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
    y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.
    Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,
    es probable que la invisibilidad y estos hechos
    solo guarden relación con una libélula.

    PD: Iba a hablar de los probables usos útiles –por ejemplo en el campo– que tendrían para en el mundo humano estos animales. Pero la verdad, ojalá que no tengan, que nadie encuentre ninguna utilidad en ellos. Que su especie sobreviva a la nuestra. Y algún día, dentro de mil o más años, cuando otra forma de vida le pregunte por nosotros, responda tranquila y bellamente –como corresponde a su belleza–, algo ininteligible que tampoco importe.


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