Autores varios
Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asis, en Italia.
Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta.
Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con alma y vida; y fue una maravilla. Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.
Eduardo Galeano
Se anunciaba con un cencerro y gritando: "Ya llegó Sánchez Sánchez, ya llegó, cómo no, Sánchez Sánchez, se acabó el carbón." Armaba una mesilla, la cubría de "biblias pa los aleluyas y evangelios pa los mochos", en el suelo ponía las botellas del agua lustral, y frente a la mesa, en un banco dorado, colocaba con unción una gran piedra muy lavada, y arrancaba: -¡Gentecita que mestá escuchando y anda pacá y pallá sin qué ni cómo: arrimensén, agrupensén, asomensén a la piedra del milagro ¡Ah si, milagro pa su mecha, si señor! Del mero Jerusalén, el más grandísimo de todos los milagros. Asomensén, agrupensén. Esta piedra es la primera piedra, me la mandaron de Jerusalén aquí para ustedes, pa predicarles, ah sí, pos pa que otra cosa. Es aquella primera piedra, la mismísima fíjate tú, que nadien quiso, porque nadien la quiso ni se atrevió a aventársela a la pecadora, aquella santa mujer, busga que era un asco de porquería pero muy arrepentida. Que dijo nuestro señor: "ái a ver si hay algún pelao sin culpa, que le aviente la primera piedra". Pos aquí está, ya ni la busquen.
Ricardo Garibay
Se coge un tercio de miel y se echa en una tina o cuero de toro, y a dicha miel se le echan diez cántaros de agua caliente y se deja en parte que esté abrigada, de modo que no entre ningún viento. Esta luego empieza a hervir naturalmente y está a lo menos quince o veinte días en infusión, tomando cuerpo regustando dicho cuero o tina todos los dias con el cuidado de que haya lumbre en el cuarto donde estuviere. Una vez que a parado el hervor y está sosegada dicha infusión de agua y de miel, se tiene prevenido el alambique por donde se ha de sacar dicho chinguirito. A éste, para darle fortaleza, algunos acostumbran echarle alguna cebada, alumbre, canina de perro y timbre, no por que haya menester ningún ingrediente de los dichos, pero sí para violentarlo y hacerlo más activo. De esta suerte se pueden labrar tantas cuantas cargas de miel se quieran, con la advertencia de que mientras más gruesa sea la miel, más cántaros de agua aguanta y tiene mejor cuenta al que lo labra.
Moreno Alonso, Manuel
(aguardientes y alcoholismo en el México colonial)
... el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo:
-Usted a venido a matarme.
Me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder.
Entonces me preguntó:
-¿Qué han dicho los otros?
Se refería a Willy y al Chino. Le respondí que no habían dicho nada y él comento:
-¡Eran unos valientes!
Yo no me atreví a disparar. En esos momentos veía al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente y temí que se me echara encima y que con un movimiento rápido me quitase el arma.
-¡Serénese y apunte bien! -me dijo como si me ordenase- ¡Va usted a matar a un hombre!
Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che con las piernas destrozadas cayó al suelo, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón.
Ya estaba muerto.
Sgto. Mario Terán
citado por Pacho O'Donnell en:
Che. La vida por un mundo mejor.
En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta.
Prefirió el goce manual de la lectura y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de patrañas, embustes y despropósitos.
En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.
El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos, a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó cordero y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte lo aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca.
Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.
Juan José Arreola
(Cuentos de maldoror)
En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscan; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que añoche mató a un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tanta impasible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
Jorge Luis Borges
para Ana
En Colombia en algunos lugares después de las ocho de la noche se ve un andamio o camilla de madera llevado por cuatro bultos negros como de cristianos, pero sin cabezas, que chirria al pasar y se escuchan quejidos y lamentos de ultratumba. Ese tarimón generalmente es de guadua y lleva un difunto encima tapado con una sábana blanca, pero arrastrando uno o los dos pies del esqueleto. Las barbacoas llevadas por los esqueletos caminan a un metro sobre el nivel del suelo y también se les llama "el Caballero Andante". Los esqueletos van envueltos en llamas y el esqueleto acostado arrastra una larga lengua.
Los curas aseguran que se trata de almas difuntas condenadas. Durante las guerras civiles, las barbacoas sirvieron para camuflar el traslado de armas; en tiempo de paz las usaban los contrabandistas de licores y tabaco.
Raúl Aceves
(Diccionario de bestias mágicas
y seres sobrenaturales de América)
-En vista que deseas verte desflorada... -me dijo en voz baja- ¡te daré esa dicha ahora mismo! -Agarrando entonces una vela encendida que había sobre la mesita, asaltó salvajemente la ciudadela de la virgnidad. Como una lanza enrojecida al blanco, el proyectil penetró en mí. Flechas de dolor atravesaron mi cuerpo. El hedor de vellos quemados y de carne chamuscada se esparció por el dormitorio, y sin embargo mi consejera seguía introduciendo la vela más todavía. Finalmente, en el preciso instante en que el escudo sagrado de la virginidad se desgarraba, un agudo grito salió de mi boca y una oleada de inmenso placer recorrió todo mi cuerpo. La madre Delbéne me gritó furiosamente-:¡Págame con la misma moneda, amada mía! ¡Proporcióname el mismo placer! -Y me puso bruscamente en la mano la vela llena de sangre.
Donatien Alphonse Francois de Sade
(Julieta o el vicio ampliamente
recompensado)
Bajo la presidencia de Nixon, en 1971, se introdujo en Cuba -según una fuente de la CIA, mediante un contenedor- el virus de la peste porcina. Y tuvimos que sacrificar más de medio millón de cerdos. Ese virus de orígen africano era totalmente desconocido en la isla. Y lo introdujeron dos veces.
Y hubo peor que eso: el virus de tipo II del dengue, que produce fiebres hemorrágicas mortales para el ser humano. Eso fue en 1981, y más de trescientas cincuentamil personas resultaron contaminadas, murieron 158 personas, de ellos 101 niños... Ese virus de tipo II era entonces completamente desconocido en el mundo, había sido creado en laboratorio. Un dirigente de la organización terrorista Omega 7, con base en Florida, reconoció en 1984 que ellos habían introducido ese virus mortal en Cuba con la intención de causar el mayor número posible de víctimas...
Y no le hablo de los atentados contra nosotros...
Fidel Castro
Pocos jugadores conocen de la habilidad de Mario Moreno "Cantinflas" para jugar al ajedrez. Fuerte aficionado, escurridizo jugador de corte táctico, pero poco amigo de la teoría.
Durante la olimpiada de Varna, después de la partida con Botwinnik, a Fischer le pesó bastante el no haber analizado a fondo su partida contra el ruso, dejándole escapar con unas milagrosas tablas. El siguiente equipo al que se enfrentaban era el mexicano y Fischer prometió al primer tablero rival que lo haría polvo. Repentinamente este se "enfermó" y no había suplentes para el 1er. tablero. El capitán del equipo mexicano no tuvo otra que "reclutar" al bufo de América que estaba de mirón en primera fila.
Fischer, sentado, miraba a su próxima víctima y le dice: "de 25 movimientos no pasas. Juguemos la partida". A lo que Cantinflas, un poco perplejo le responde: "Ay nanita. Comenzamos mal, joven. ¿Cuál partida? Mejor la jugamos "completa".
El juego extravagante de Cantinflas dejó atónito a Fischer, quien no conseguía quebrar la férrea y tenaz resistencia del bufo. Transcurrieron 98 movimientos y 5 horas de juego y Fischer apenas tenía un peón de ventaja en un complicado final de torres. Como le tocaba jugar a Cantinflas, este pidió aplazar la partida y anotó su jugada secreta.
Esta vez Fischer se desveló y analizó minuciosamente la posición hasta minutos antes de la reanudación de la partida, con tal de desbaratar el más ligero contrajuego del rival.
Apresurado, se dirigió al salón de juego. Cantinflas todavía no llegaba. Cansado y somnoliento, se quedó blanco cuando vio el papel con la jugada secreta que escribió Cantinflas. Ésta decía: "Abandono".
Anónimo Citado por Richard Guerrero en:
Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba a ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir "¿Qué pasa con el Zorro?", y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.
-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: "En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer."
Y no lo hizo.
Augusto Monterroso
(La oveja negra y demás fábulas)
El odio que se ve, el odio que vemos un día, paraliza, cierto, y transcurre impune delante de nuestros ojos, completamente hipnotizados.
El odio que se oye y no se ve, el que transcurre pared de por medio y no podemos dejar de oír, el sonido del odio, deja una visión de cueva de alimaña, un frío de alma del que probablemente nunca sanaremos.
Ricardo Garibay
¿Quién dibuja a esas mujeres? ¿Quién traza cuerpos y destinos? ¿Quién vive un rito estrictamente personal a la luz de una vela y en el tramado perfecto de lo que se siente obligado a hacer?
Se trata de un acto de magia sucia. El milenario conjuro del cazador que atrapa a su presa al dibujarla en la rugosa pared de la caverna que se repite en una cabaña perdida en Lomas de Poleo. Los brazos tienen que ser tan precisos como los actos, dibujar a esas mujeres es invocarlas, atraparlas y por fin poseerlas. Cada una de ellas corresponde a una obtusa línea en el tramado del rito.
Tras cada una de las mujeres dibujadas en la tabla está el placer. El efímero placer de ser como Dios.
La penumbra, el rotundo silencio del desierto, todo esta listo, ordenado y exacto. La liturgia del horror personal se inicia esta noche con la última de las mujeres pintadas. Ellas, las mujeres sacrificadas, viven su muerte en esta tabla, aquí están las muertas que deberan venir a completar la obra del oscuro artista.
Víctor Ronquillo
... Sí, me pelié con el Papa. Me pelié porque fuí al Vaticano y ví los techos de oro. Y después escuché al Papa decir que la iglesia se preocupaba por los chicos pobres... Pero, ¡vendé el techo, fiera, hacé algo! Las tenés todas en contra, encima fuiste arquero. ¿Para qué está el Banco Ambrosiano? ¿Para vender drogas y contrabandear armas, como se escracha en el libro Por voluntad de Dios? Yo lo leí, no soy un ignorante. Y también estuve con el Papa porque soy famoso.
Fue... fue decepcionante. Yo siempre lo cuento: le dio un rosario a mi mamá, le dio un rosario a la Claudia, le dio un rosario no sé a quién, y cuando llegó mi turno me dijo, en italiano: Este es especial, para vos. A mí me salió decirle gracias, nada más. Yo estaba retenervioso. Seguimos caminando por ahí, y le pido a mi vieja que me muestre el de ella...Era, ¡era igual al mío! Pero yo le dije a la Tota: "No, el mío es especial, me dijo el Papa que era especial". Entonces me le acerqué y le pregunté: "Disculpe, Su Santidad, ¿cuál es la diferencia entre el mío y el de mi mamá?". No me contestó... Sólo me miró, me palmeó y sonrió, nada más! Diego, no rompás las pelotas y picátelas que tengo más gente esperando, eso me dijo con la palmada en la espalda.
Diego Armando Maradona
(Yo soy el Diego)
1961 / Escuinapa
Una vez ensilló y montó un tigre, creyendo que era burro, y otra vez se ató el pantalón con una serpiente viva –y vio que no era cinturón porque le faltaba la hebilla. Todos le creen cuando explica que ningún avión aterriza si no le echan unos granos de maíz en la pista o cuando cuenta la terrible matazón que hizo el ferrocarril el día que enloqueció y en lugar de avanzar de frente se echó a correr a lo ancho. -Jamasito miento –miente el Güilo Mentiras.
El Güilo, pescador de camarones en los estuarios de Escuinapa, es lenguaraz del rumbo. Pertenece a la espléndida estirpe latinoamericana de los cuenteros, magos de la charla de mostrador o fogón, siempre por hablado, jamás por escrito. A los setenta años, le bailotean los ojos. Se ríe de la muerte, que una noche vino a buscarlo:
-Toc toc toc –golpeó la muerte.
-Adelante –invitó el Güilo, zalamero, desde la cama-. Te estaba esperando.
Pero cuando quiso bajarle los calzones, la muerte huyo despavorida.
Eduardo Galeano
Lo sé muy bien, soy de una timidez enfermiza, estar en el mundo me es hierro, me es guijarro. Hasta el agua, casi siempre mi aliada, resbala seca y hostil contra estos labios que la quisieran almendra y encaje; al atardecer, bajo la luz ambigua que todavía me permite errar por la ciudad, el perfil de las nubes, ese perfil suavísimo, lacera brutalmente en mi piel y me obliga a huir gritando, a refugiarme bajo los portales. Me aconsejan que viaje en subterraneo para mayor seguridad, o que me compre un sombrero de alas flotantes. De nada vale que me hablen con el tono que suscitan los niños, yo miro hacia lo lejos donde sin embargo hay una golondrina esperando para afilar sus tijeras en mi cuello. Los consejeros municipales han llegado a votar créditos para mi protección, la gente se preocupa por mí.
Gracias señoras y señores, me gustaría retribuir tanta gentileza con ternura y civilidad; desgraciadamente ustedes estarán siempre allí y eso es acantilado a pique, máquina para moler la sombra, insoportable exageración de una bondad armada de garras de coral. Cada vez me parece más penoso complicar la existencia ajena, pero no queda ninguna isla desierta, ninguna arboleda de mala fama, ni siquiera un corralito para encerrarme en él y, desde allí, mirar a los demás bajo la luz de la alianza. ¿Tengo yo la culpa, oh tierra poblada de espinas, de ser un unicornio?
Julio Cortázar
(Último round)
El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia.
Sinceramente: merecer merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por lo tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés:No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.
Eduardo Galeano
Se hace miel de Panocha, y estando de punto se aparta de la lumbre; se le echa entonces clavo, canela y culantro tostado, todo molido, ajonjolí tostado, piñones y almendras; se le añade bizcocho martajado, y se deja embeber cosa de una hora. Estando fría la pasta, se vacía en platón, cajetas o cartuchos de papel. En los dos primeros casos se adorna la superficie con ajonjolí tostado, piñones, almendras, nueces en cuartos y un polvillo de canela.
Nuevo cocinero mexicano en forma de diccionario /1888/pp. 17-18
(¡LAS ONCE Y SERENO! / Tipos mexicanos siglo XXI)
En la Edad Media, cuando alguien adoptaba a un hijo, lo hacía pasar por la manga muy ancha de una camisa y lo sacaba por el cuello, para terminar dándole un beso en la frente. Como con frecuencia las adopciones terminaban mal pues el padre adoptivo resultaba un verdadero rufián, se aconsejaba al que buscaba ser adoptado que lo pensara bien, que no se metiera en camisa de once varas.
Biblioteca Práctica de la Lengua. T. XII Editorial Sol 90
Barcelona España, 2005
El hombre cerró la puerta y puso el seguro para no ser molestado dentro del pequeño cubículo. En pocos segundos su rostro se congestionó con el rictus del agonizante y la frente se le perló de un sudor frío y pegajoso, sintió el mal olor y a la vez, la transformación en la cara se hizo patente: una felicidad de sueño acompañada de una sonrisa y un ¡ahhhh! que le salió del alma. Bajó la palanca del retrete.
Rigoberto Fuentes y Fuentes
Una vez alguien hizo una novia con sulfuro de cobre y cabellos, supongo, que de cable de luz. Yo he hecho muchas novias de retazos, de todo un poco, pero nunca la he terminado. A veces me falta algo para acabarla, no sé; de repente creo que está lista, casi terminada; y luego no habla o no camina o no se mueve.
Ya no puedo tocar en el cuarto de mis padres.
Esteban Salvador García
Está nublado en el desierto; los tres Reyes Malos no pueden dar un paso más sin la guía del lucero. Acampan. Cuando se les termina el alimento, destripan a los camellos y beben sangre. Gaspar huye con el oro, el incienso y la mirra. Baltazar lo persigue hasta darle alcance y cercenarle ambas manos por robar tan preciados regalos. Baltazar vuelve al campamento. Melchor ha comido los restos de los animales y duerme. Baltazar lo degüella y su cabeza rueda por las infinitas dunas. Baltazar entonces mira al cielo y grita: ¡Dios, haz que se despeje, de lo contrario seguiré matando! Pero Dios le envía la más torrencial de las lluvias y le dice: No puedes matar a nadie más. Estás solo.
Las aguas han tapado casi por completo al último rey. Antes de ahogarse, farfulla: ¡Cómo que solo! ¿Y tú?
Lilian Elphick Latorre
Villa es algo extraño y desusado en nuestra moderna civilización, en que todo lo creemos obra de la inteligencia disciplinada y de la educación escolar (...) Nos espanta todo lo que no ha ido a la escuela, nos parece una herejía no saber leer y abominamos contra el que ignora nuestro sistema casi standard de hacer sabios (...) Villa viene de la noche cerrada de la ignorancia, tiene todavía medio cuerpo en esa oscuridad, pero en su celebración sencilla y ajena a todo prejuicio doctoral, había el germen robusto de ese impulso secreto que parece dirigir a los espíritus en la elaboración de su destino (...) o encauzar la corriente de una época en la historia de un pueblo.
(Ramón Puente / 1919 / Pancho Villa, una biografía narrativa)
Una raza más agresiva de monos expulsó de los árboles a otra raza más pacífica y conformista. La Tribu vencida se exilió de los árboles y fue a instalarse en la llana tierra. Pero allí, el pastizal era alto y tupido y para verse unos a otros y para observar el peligro, los monos derrotados tuvieron que aprender a andar erguidos, sobre dos patas. Y fue así que sin proponérselo, los conquistadores de los árboles, partiendo del pariente más infeliz, inventaron al Hombre, que se vengaría conquistando el mundo.
Mario Halley Mora
(Cuentos breves latinoamericanos)
Una buena acción es aquella que en sí tiene bondad
y que exige fuerza para realizarla.
(Montesquieu)
Un día el lobo se dio cuenta de que los hombres lo creían malo.
- Es horrible lo que piensan y escriben -exclamó.
- No todos -dijo un ermitaño desde la entrada de su cueva, y repitió las parábolas que inspiró San Francisco. El lobo estuvo triste un momento, quiso comprender.
- ¿Dónde está ese santo?
- En el cielo.
- ¡En el cielo hay lobos?
El ermitaño no pudo contestar.
- ¿Y tú que haces? Preguntó el lobo intrigado por la figura escuálida, los ojos ardidos, los andrajos del ermitaño en su duro aislamiento. El ermitaño explicó todo lo que el lobo deseaba.
- Y cuando mueras ¿irás al cielo? -preguntó el lobo conmovido, alegre de ir entendiendo el bien y el mal.
- Hago por merecer el cielo -dijo apaciblemente el ermitaño.
-Si fueras mártir, ¿irías al cielo?
- En el cielo están todos los mártires.
El lobo se le quedó mirando, húmedos los ojos, casi humanos. Recordó entonces sus madíbulas, sus garras, sus colmillos poderosos, y de unos saltos devoró al ermitaño. Al terminar se tendió en la entrada de la cueva, miró al cielo limpiamente y se sintió bueno por primera vez.
Manuel Mejía Vallejo
(Cuentos breves latinoamericanos)
Cuando salió al escenario aquel famoso lanzador de cuchillos y pidió al público una ayudante, todas las muchachas levantaron la mano. La elegida se paró contra la placa de madera con los brazos en cruz y el lanzador preparó cinco cuchillos que lanzó con inaudita velocidad. Los dos primeros clavaron a la madera las manos de la muchacha; otros dos le cortaron las orejas con la precisión de un cirujano, y el quinto le atravesó limpiamente el corazón. El público aplaudió a rabiar, pero cuando el siguiente lanzador requirió también una asistente, las muchachas se hundieron en sus butacas procurando desaparecer. Sabían que era un principiante.
Raúl Brasca
Agapito Pito era un rimador nato y recalcitrante. Un buen día, viajó a un extraño país donde toda rima, aunque fuese asonante, era castigada con la pena de muerte.
Pito empezó a rimar a diestra y siniestra sin darse cuenta del peligro que corría su vida. Veinticuatro horas después fue encarcelado y condenado a la pena máxima.
Considerando su condición de extranjero, las altas autoridades dictaminaron que podría salvar el pellejo solo si pedía perdón públicamente ante el ídolo antirrimático que se alzaba en la plaza central de la ciudad.
El día señalado, el empedernido rimador fue conducido a la plaza y, ante la expectación de la multitud, el juez del supremo tribunal le preguntó:
-¿Pides perdón al ídolo?
-¡Pídolo!
Agapito Pito fue linchado ipso facto.
Otto-Raúl González
(Sea breve)
La conoció y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje, y al quitarle los lentes negros se quedó completamente solo.
Marcial Fernández
(Andy Watson, contador de historias)
No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
Luis Valenzuela
(Cuentos que no muerden)
En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
-¿Te han cortado? -preguntó el hombre.
-No -dijo ella-. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
-No comas yuca, ni plátanos. ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
-No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-Es así -dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamas vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
Eduardo Galeano
(Memoria del fuego. I.- Los nacimientos)
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio".
-Ah, es una delicia -me respondió- ya estoy leyéndolo.
José de la Colina
(Tren de historias)
Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas (1).
Marco Denevi
(1) Tercianas: Fiebre intermitente cuyos accesos se repiten cada tres días
Literatura no es cantidad, qué va. Y por supuesto, literatura es cantidad. Mientras aquí no escriban hasta los perros y no se publiquen mares de páginas inflamables, no vislumbraremos -sorpresas aparte- la natural obra maestra mexicana. Sí, calidad es cantidad. De la cantidad asciende la literatura.
Ricardo Garibay
(Cómo se pasa la vida)
Después de los créditos del Centro Nacional de Productividad, del autor, director y actores, entra la historia.
Sábado en la tarde. Los trabajadores de una fábrica grande se disponen a la paga y el descanso de fin de semana.
Salida. Gusto, risas, diálogos. Planes de diversión. Seguimos a uno de ellos, motivo de la historia.
El descanso comienza en la cantina. De los tragos a la alegría. De la alegría a la euforia. De la euforia al cabaret. Del cabaret a la ebriedad total. De aquí al pleito. Del pleito a los gendarmes. De los gendarmes a la mordida. De la mordida al amanecer entumecido, borracho aún, en camión vacío hacia la casucha. En la casucha, estrépito de beodo, niños, mujer desgreñada, las sobras de la paga, muy pocos pesos, y a roncar. Todo el día roncando.
Domingo al anochecer. Cruda. Irritación. Cólera gratuita. Golpiza a la mujer. Niños despavoridos. Vecinos. Se va a la tienda, a curársela. Cervezas.
La una de la mañana. Otra vez casucha. Estrépito otra vez. Ronquidos.
Lunes en la mañana. Ojeroso, débil, hosco, temblón, entorpecido. Las bandas de la máquina corren a velocidad invisible. Torpe, tembleque, desatento y la banda lo busca, lo atrapa, lo tritura. Un grito corto, bronco, un crujir de huesos. Alarma. Estupor. Paran la máquina. Silencio. La máquina es una inútil fuente de sangre.
Ricardo Garibay
(Cómo se pasa la vida)
Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.
Un día le dijo:
-Tus ojos miran a todo el mundo.
Entonces, le arrancó los ojos.
Después le dijo:
-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.
Y le cortó las manos.
"Todavía puede hablar con otros", pensó. Y le extirpó la lengua.
Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.
Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.
Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.
Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.
Henri Pierre Cami - Francia
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: "qué calor hace", "dame agua", "¿sabes manejar?,"se hizo de noche"... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho "ya es tarde", y tú sabías que decía "te quiero")
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.
Jaime Sabines
* cosa preciosa: Este cuento, prosa poética o como se quiera llamar, está dedicado a vos, que ya me dejaste sin ciudad; definitivamente.(Nota de H.A.M.L.)
¡Qué destino: Putifar eunuco, y José casto!
Marco Denevi
(Falsificaciones)
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
Max Aub
Desde su altísimo punto de mira, en una especie de admirable pirámide de humo y música y vodka y sauerkraut y manos de Ronald permitiéndose excursiones y contramarchas, Babs condescendía a mirar hacia abajo por entre los párpados entornados y veía a Oliveira en el suelo, la espalda apoyada en la pared contra la piel esquimal, fumando y ya perdidamente borracho, con una cara sudamericana resentida y amarga donde la boca sonreía a veces entre pitada y pitada, los labios de Oliveira que Babs había deseado alguna vez (no ahora) se curvaban apenas mientras el resto de la cara estaba como lavado y ausente. Por más que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don't you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.
Julio Cortázar
(Rayuela. Cap. XIII)
Una vez la liebre se burló de la tortuga.
-¡Hay que ver qué lenta eres! ¡Avanzas tan despacito!
-¿De veras? -exclamó la tortuga-. Atrévete a hacer una carrera conmigo y verás que te gano.
-Eres una fanfarrona -dijo la liebre-. pero ¡vamos allá! Correré contigo. ¿A quién le pediremos que señale la línea de meta y vigile que la competición sea justa?
-Pidámoselo al zorro -contestó la tortuga.
El zorro era muy sabio y justo. Les mostró dónde deberían empezar y hasta donde tendrían que correr.
La tortuga no perdió el tiempo. Partió en seguida y avanzó sin prisa pero sin pausa.
En unos minutos, la liebre se adelantó velozmente dando unos cuantos brincos hasta dejar a la tortuga muy rezagada. Sabía que alcanzaría la meta rápidamente, así que se tumbó bajo la sombra de un árbol para echar una siesta.
Más tarde despertó y se acordó de la carrera. Se levantó de un salto y echó a corrrer tan rápido como pudo. ¡Pero al llegar a la meta la tortuga ya estaba ahí!
-El paso lento y perseverante gana la carrera -sentenció el zorro.
Esopo
De los esclavos proviene la más libre de las músicas. El jazz, que vuela sin pedir permiso, tiene por abuelos a los negros que trabajan cantando en las plantaciones de sus amos, en el sur de los Estados Unidos, y por padres a los músicos de los burdeles negros de Nueva Orleans. Las bandas de los burdeles tocan toda la noche sin parar, en balcones que los ponen a salvo de los golpes y puñaladas cuando se arma la gorda. De sus improvisaciones nace la loca música nueva.
Con lo que ahorró repartiendo diarios, leche y carbón, un muchacho petiso y tímido acaba de comprarse corneta propia por diez dólares. Él sopla y la música se despereza largamente, largamente saludando al día. Louis Armstrong es nieto de esclavos, como el jazz, y ha sido criado, como el jazz, en los puteros.
Eduardo Galeano
(Memoria del fuego III. El siglo del viento)
-Primero quería ser prostituta.
-Cómo estaba eso.
-Para ya no tener... para ya no tener nada por delante, ni tener que acordarme de nada. ¿Me comprende? Así, de plano, quién sabe qué sea la vida. ¿Me comprende?
-Supongo. ¿Y luego?
-Nnnno. No sé. Yo creo que la que es, no es que quiera serlo; o quien sabe; pero así, decir voy a ser prostituta... ¿verdad? porque ¿cómo se empieza? Luego quería ser escritora...
-¡Por Dios!
-Qué ¿no tengo derecho?
No no, sí, claro que sí. Y ¿por qué escritora?
-Era cuando ya estaba estudiando duro ¿me comprende? los exámenes, y todos los días dale y dale. Vi una película de Gregory Peck ¡y cómo quería ser escritora!
-Pero ¿por qué escritora?
-Ay bueno, va a decir que estoy loca pero yo no odio nada tanto como estudiar, yo quiero hacer las cosas y que otros se encargaran del resto ¿me comprende? Porque ustedes escriben, ustedes hacen los libros. ¡Somos nosotros los que nos tenemos que fastidiar leyéndolos!
Ricardo Garibay
(Cómo se pasa la vida)
Durante la década de 1860 los habitantes de Leipzig vivieron aterrorizados por un hombre que acostumbraba a atacar en la calle a mujeres jóvenes, apuñalándoles el brazo con una daga. Una vez detenido, fue calificado de sádico, pues en el instante de clavar el puñal tenía una eyaculación y para él la herida de las muchachas era el equivalente de la cópula.
Richard von Krafft-Ebing
(Psychopathia sexuallis -1886-)
¿Por qué será tan atractivo -pensaba el Mono en otra ocasión, cuando le dio por la literatura- y al mismo tiempo como tan sin gracia ese tema del escritor que no escribe, o el del que se pasa la vida preparándose para producir una obra maestra y poco a poco va convirtiéndose en mero escritor mecánico de libros cada vez más importantes pero que en realidad no le interesan, o el socorrido (el más universal) del que cuando ha perfeccionado un estilo se encuentra con que no tiene nada que decir, o el del que más inteligente es, menos escribe, en tanto que a su alrededor otros quizá no tan inteligentes como él y a quienes él conoce y desprecia un poco publican obras que todo el mundo comenta y que en efecto a veces son hasta buenas, o el del que en alguna forma ha logrado fama de inteligente y se tortura pensando que sus amigos esperan de él que escriba algo, y lo hace, con el único resultado de que sus amigos empiezan a sospechar de su inteligencia y de vez en cuando se suicida, o el del tonto que se cree inteligente y escribe cosas tan inteligentes que los inteligentes se admiran, o el del que ni es inteligente ni tonto ni escribe ni nadie conoce ni existe ni nada?
Augusto Monterroso
(La Oveja negra y demás fábulas)
Entonces el discípulo atravesó el país en busca del maestro predestinado. Sabía su nombre: Tilopa; sabía que era imprescindible. Lo perseguía de ciudad en ciudad, siempre con atraso.
Una noche, famélico, llama a la puerta de una casa y pide comida. Sale un borracho y con voz estrepitosa le ofrece vino. El discípulo rehúsa, indignado. La casa entera desaparece; el discípulo queda solo en mitad del campo; la voz del borracho le grita: Yo era Tilopa.
Otra vez un aldeano le pide ayuda para cuerear un caballo muerto; asqueado, el discípulo se aleja sin contestar; una burlona voz le grita: Yo era Tilopa.
En un desfiladero un hombre arrastra del pelo a una mujer. El discípulo ataca al forajido y logra que suelte a su víctima. Bruscamente se encuentra solo y la voz le repite: Yo era Tilopa.
Llega, una tarde, a un cementerio; ve a un hombre agazapado junto a una hoguera de ennegrecidos restos humanos; comprende, se prosterna, toma los pies del maestro y los pone sobre su cabeza. Esta vez Tilopa no desaparece.
Alexandra David-Neel
1967 / Houston
Lo llamaron Cassius Clay: se llama Muhammad Alí, por nombre elegido.
Lo hicieron cristiano: se hace musulmán, por elegida fe.
Lo obligaron a defenderse: pega como nadie, feroz y veloz, tanque liviano, demoledora pluma, indestructible dueño de la corona mundial.
Le dijeron que un buen boxeador deja la bronca en el ring: él dice que el verdadero ring es el otro, donde un negro triunfante pelea por los negros vencidos, por los que comen sobras en la cocina.
Le aconsejaron discreción: desde entonces grita.
Le intervinieron el teléfono: desde entonces grita también por teléfono.
Le pusieron uniforme para enviarlo a la guerra de Vietnam: se saca el uniforme y grita que no va, porque no tiene nada contra los vietnamitas, que nada malo le han hecho a él ni a ningún otro negro norteamericano.
Le quitaron el título mundial, le prohibieron boxear, lo condenaron a cárcel y multa: gritando agradece estos elogios a su dignidad humana.
Eduardo Galeano
(Memoria del fuego)
Hay un recuerdo. Desde millares de fotos, pósters, camisetas, cintas, discos, videos, postales, retratos, revistas, libros, frases, testimonios, fantasmas todos de la sociedad industrial que no sabe depositar sus mitos en la sobriedad de la memoria, el Che nos vigila. Más allá de toda parafernalia, retorna. En era de naufragios es nuestro santo laico. Casi 30 años después de su muerte, su imagen cruza las generaciones, su mito pasa correteando en medio de los delirios de grandeza del neoliberalismo. Irreverente, burlón, terco, moralmente terco, inolvidable.
Paco Ignacio Taibo II
Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.
Guillermo Cabrera Infante
Y cuando desperté, el Dinosaurio todavía estaba ahì.
Augusto Monterroso
El Tito Sclavo pude ver y transcribir algunas partes oficiales de la cárcel llamada Libertad, en los años de la dictadura uruguaya. Son actas de castigo: se condena a calabozo solitario a los presos que han cometido el delirio de dibujar pájaros, o parejas, o mujeres embarazadas, o que han sido sorprendidos usando una toalla estampada de flores. Un preso, cuya cabeza estaba, como todas, rapadas a cero, fue castigado por entrar despeinado al comedor. Otro, por sacar la cabeza por debajo de la puerta, aunque bajo la puerta había un milímetro de luz. Hubo calabozo solitario para un preso que pretendió familiarizarse con un perro de guerra, y para otro que insultó a un perro de las fuerzas Armadas. Otro fue sancionado porque ladró como un perro sin razón justificada.
Eduardo Galeano
(El libro de los abrazos)
En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación del reglamento. Desde el punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner una sola mano en la espalda.
Noueched era manco.
Había caído preso en dos estapas. Primero había caído su brazo. Después, él. El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el policía que lo perseguía alcanzó a pegarle un manotón, le gritó: ¡Dése preso! y quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio después, en Paysandú.
En la cárcel, Noueched quiso recuperar su brazo perdido:
-Haga una solicitud -le dijeron.
El explicó que no tenía lápiz:
-Haga una solicitud de lápiz -le dijeron.
Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel:
-Haga una solicitud de papel -le dijeron.
Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo.
Al tiempo, le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en otro expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia civil.
Eduardo Galeano
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda nueva rosa en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.
-Eres bella.
-Lo soy, dijo la rosa. -Bella y feliz -prosigió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero...
-¿Pero?...
-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco...
La rosa entonces -tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad de tal modo que hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
-Padre- dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?
-Sea, hija mía -contestó el Señor sonriendo.
Y entonces vio el mundo la primera col.
Rubén Darío
Para que su horror sea perfecto, César, acosado a pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las casacas y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo y no se define y exclama: ¡Tú también hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): Pero ¡ché! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
Jorge Luis Borges
Aquí dio un gran suspiro don Quijote y dijo:
-Yo no podré afirmar si la dulce enemiga(1) gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo. Sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas.
(1) Llamar a la dama enemiga es motivo característico de amor cortés, en la tradición de los trovadores.
Miguel de Cervantes Saavedra
Angola / 1965
... El teniente coronel Lambert, simpático, con aire festivo, me explicó cómo para ellos los aviones no tenían ninguna importancia, porque poseían la dawa, medicamento que hace invulnerable a las balas.
-A mi me han dado varias veces y las balas caen sin fuerza al suelo.
A poco me dí cuenta de que la cosa iba en serio. Esta dawa hizo bastante daño para la preparación militar. El principio es el siguiente: un líquido donde estan disueltos jugos de yerbas y otras materias mágicas se echa sobre el combatiente al que se le hacen algunos signos cabalísticos y, casi siempre, una mancha de carbón en la frente; está ahora protegido contra toda clase de armas del enemigo (aunque esto también depende del poder del brujo), pero no puede tocar ningún objeto que no le pertenezca, mujer, ni tampoco sentir miedo, so pena de perder la protección. La solución a cualquier falla es sencilla, hombre muerto, hombre con miedo. Como el miedo acompaña a las acciones de guerra, los combatientes encontraban muy natural achacarle la herida al temor, es decir, a la falta de fe. Y los muertos no hablan, se les puede cargar con las tres faltas...
Ernesto "Che" Guevera
(Pasajes de la guerra revolucionaria en El Congo)
Citado por Paco I. Taibo II en el libro: Ernesto Guevara, también conocido como el Che.
Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos. Únete siempre a los filisteos.
Augusto Monterroso
Existe un animalito, tan rápido tan rápido, que no se ve, sólo se siente. No lo detiene nada ni nadie. Si encuentra un muro en su camino, tiene la facultad de remontarlo. Avanza por los más estrechos intersticios del mundo. Porque este animalito es medio gato, que no gata; y medio ratón, que no rata. Sus huesos cartilaginosos se acomodan ante el desafío.
Cuando el diluvio, Noé no lo registró en su bitácora, porque como ya dije-, es tan rápido, que no lo vio subirse al arca.
Este animalito es el responsable de que la humanidad no fenezca. Hay quienes lo conocen como AMOR. Yo, simplemente lo nombro... TE QUIERO!
Ulíses Mandujano Nájera
(Don cenizo y... doce más)
... Pedía autos que no existían y al tiempo me los traían. Me pasó con una Mercedes Benz Cabriolet, que no llegaba nunca a Italia. Yo le tiré la cosa a Guillermo y él llamó a Mercedes, picaba siempre. La cosa es que pasó el tiempo y un día Guillermo me llamó para que me asomara al balcón... Miré para abajo y ahí estaba: la Mercedes, con todos los tipos que la habían traído alrededor, todos capos, era la primera que entraba en Italia. Bueno, bajé, todo muy lindo, abrazos por acá, abrazos por allá, pedí la llave y me subí. Toqué todo, el volante, los controles, una maravilla... Por ahí, miré para abajo y ví la palanca: "Es automática", les dije. A Guillermo se le transformó la cara: Sí, Die, sí, es automática, último modelo. Me bajé, les dí la llave a los tipos, les dije muchas gracias y subí a mi casa: a mí no me gustaban los autos con caja automática. Ahora que lo cuento, ¡qué locura!
Diego Armando Maradona
I
-Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nunca nada. No nos conocíamos. Eva, levántate.
-Tengo amor, sueño, hambre. ¿Amaneció? -Es de día, pero aún no hay estrellas. El sol viene de lejos hacia nosotros y empiezan a galopar los árboles. Escucha.
-Yo quiero morder tu quijada. Ven. Estoy desnuda, macerada, y huelo a tí.
Adán fue hacia ella y la tomó. Y parecía que los dos se habían metido en un río muy ancho, y reían, mientras pequeños peces equivocados les mordían las piernas.
Jaime Sabines
(Otro recuento de poemas / Adán y Eva / 1952)
Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.
Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así segu