Marzo 2007

Mi andar por la plaza central me ha permitido ser testigo de la implementación de un nuevo programa de asistencia social; su nombre: Amanecer. Dicho programa otorga 500 pesos a personas de la "tercera edad" que acrediten ser mayores de 65 años. Una cantidad que está planeada como "pensión" para aquellos que no lo tienen.

Pues bien, sucedió lo que muchos adivinaron pero nadie se atrevió a cuestionar: Un trato poco digno. El saldo: Ancianos extraviados, desmayados, fracturados; caídas que laceraron rodillas, codos y quijadas, además de agresiones físicas y verbales entre ancianos y asaltos a una cuadra del Palacio de Gobierno; en fin, condiciones mínimas para atender a más de un millar de personas por día (y creo que me quedo corto) quienes se dieron cita buscando el beneficio gubernamental (sin mencionar otras linduras que de acordarme me dan tristeza). ¿El costo - beneficio? Tardaremos en saberlo.

La pregunta es: ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para entender que la solución no es "regalar" sino crear las condiciones laborales que sean el cimiento de una sociedad más justa y equitativa en el reparto natural de sus riquezas? En honor a la verdad no es tan difícil, pero el negocio que se esconde atrás de estos programas es más poderoso.

Me viene a la memoria lo sucedido en Santiago de Chile, a principios de los setentas. En las promesas de campaña, un señor de apellido Frei tenía como "slogan": Conmigo los niños pobres tendrán zapatos. La gente, entendiendo que esa no era la solución, fue más allá, pintando debajo de los carteles: Con Allende no habrá niños pobres. Salvador Allende ganó las elecciones y meses después murió a manos de sus  militares en un triste golpe de estado.

FRANCOTIRADOR

 

La Chola es mi compañera en estos andares culturales en la plaza central. Amén de ser una chica con una belleza peculiar, goza de un lenguaje más que florido, con giros idiomáticos que rayan en lo surrealista. Hace ya días que no deja de hablar ni un minuto del "D". Dice que es un chico guapo y que a ella le gusta porque es tierno. Una tarde, cuando la marimba Al pie del Cañon tocaba Soy buen tuxtleco, volteó a verme para preguntar, con la energía que le dan 22 años cumplidos: -Oí vos verga, ¿no me veré muy zorra si le escribo un mensaje al "D" para invitarlo al antro?- Apenas me recuperaba de la descarga, cuando agregó: -Ya le marqué a su cel pero no contesta, ¿qué hago? Ya pues, dime. Sólo recuerdo que la animé a continuar con su empeño sobre los huesos del mentado "D".

Anteayer llegó a la oficina para decirme con cara de asombro: -El sábado fui a una fiesta ¿y a quién crees que ví? ¡Al "D" abrazado de una pinche vieja güey!- Me preparé para una descarga de fuego verbal: -Y mira, si estuviera mejor que yo lo paso pero, no mames, está bien jodida, porque una sabe reconocer cuando otra chica está mejor o es un cuero y uno dice uta, ni pedo, pero esa vieja güey, no mames! Entonces se puso de pie, posando a una cámara imaginaria, interrogándome: -¿Tú cómo me ves?... La neta-.

Se supone que en estos casos uno se despepite en elogios pero no, no fue mi caso. Solo me limité a verla al tiempo que sentía cómo nuevas arrugas se marcaban en mi frente. Me sentí viejo ante tanta luz, tanto poder que nunca había experimentado y sí, me sentí mayor; anciano a mis 33. Antes de esto, para consolarme, repetía que no era ni viejo ni joven; simplemente experto... ¿Pero experto de qué? Cuando regresé a mi casa fui directo al espejo y descubrí que ya faltaban cabellos en mi frente, y que alrededor de los ojos había arrugas y piel reseca, sin la vitalidad de La Chola quien, avasallante, me había ubicado de golpe en el contexto de mi propia historia: más cerca de la muerte.

Hugo Antonio Montaño López

 

jack | Colaboradores, Cómo se pasa la vida | 12 Marzo, 10:46am | 2 comentarios

Dios a veces existe y a veces no, todo depende del cristal o la fe con que se mire. Hace unos cuantos domingos llegamos puntuales a nuestra cita cultural en la plaza central. Saludamos a los amigos de siempre y caminamos alrededor del escenario sin percatarnos que una pequeña bolsa se encontraba tirada a centímetros del equipo de sonido. Hacíamos bromas de que sólo unos dementes como nosotros trabajábamos en un día que hasta dios eligió como descanso cuando, agotado, terminó de hacer el cielo, los mares y la tierra.

Una señora se acercó hacia nosotros, se agachó y levanto la pequeña bolsa, nos vio un poco extrañada diciendo: -¿Es de alguno de ustedes este dinero?- Cruzamos miradas cómplices y segundos después, al unísono respondimos con cara de idiotas en día domingo: ¿Dinero?. Entonces abrió el envoltorio que reveló una cantidad considerable de billetes, que a más de uno le habría quitado de apuros. Lo guardó al tiempo que nos decía mirando hacia catedral: -Bueno, como esto no es de ninguno, entonces lo entregaré a la iglesia-. Esta vez cruzamos  miradas que decían: "¡dorminos cachetona pa' que te soñemos!". El gordo contraatacó diciendo sin tapujos: -Señito, lo va usté a dar a los más ladrones que existen!-. Ella se le quedó viendo, furiosa. Se dio media vuelta y caminó con rumbo a catedral, mientras que el resto, por tercera vez, cruzamos miradas pero contra el gordo. El meco dijo en perfecto zoque: -¡Idiay vos salado! ¡Lo cagoteaste todo! ¡Orita esa tu mera madre se adestar riendo! ¡Merito en tu carota restregó el dinero, jodido!-

Después de las risas vino el silencio, segundos después reiniciamos la preparación del foro, callados, tratando tácitamente de entender cómo a veces dios juega a los dados de extraña manera, pone pruebas y la falta de atención nos hace ciegos, tanto, que no vimos  nuestro "domingo" y lo despreciamos irremediablemente... carajo.

Hugo Antonio Montaño López

 

He tenido el gusto de asistir a la plaza central diariamente durante más de un mes, y lo he visto como nunca. En él deambulan personajes que siempre aparecen con la precisión de un reloj para vivir como sólo ellos saben: Locos. Saltan al ritmo de las campanas de catedral, corren y se esconden de seres invisibles o se sientan tranquilamente a platicar de lo "fuerte" que está el calor o de lo "dura" que es la pinche vida. Luego se ríen a carcajadas, insultan molestos a quien se atraviese para regresar en minutos y preguntar si no de casualidad te sobra alguna moneda que "regalés".

Entonces, con la agudeza y claridad que me dan dos tarjetas de crédito bancario, cuatro  departamentales, dos celulares, un sueldo regular en el gobierno del estado, además de  credencial de elector y CURP, pregunto:¿Quien está realmente loco? ¿Quién es gente normal?

Por ejemplo, una mañana de un día cualquiera, suena uno de mis dos celulares y escucho una voz con acento chilango que me recrimina la falta de pago de X tarjeta, luego me intimida con eso de los intereses y realmente me asusto y le digo que no tuve tiempo de ver los estados de cuenta. A media conversación me percato que estoy confesándome con un cabrón que no conoce mi quehacer como hombre normal que va a la oficina de ocho a cuatro, toma un espacio para comer y a las cinco, puntual, llega a la plaza central. Espera al grupo en cuestión. Inicia un foro cultural después de arriada la bandera nacional y se aguanta las ganas de bailar, evitando por supuesto charlar sobre el calor, lo cara que está la pinche vida o reír imbécilmente de la llamada en la mañana porque sin darme cuenta se ha ido otro día sin depositar a X banco.

En fin, un hombre normal que simula sentirse a la medida de su cartera.

Hugo Antonio Montaño López