Noviembre 2006
Después de los créditos del Centro Nacional de Productividad, del autor, director y actores, entra la historia.
Sábado en la tarde. Los trabajadores de una fábrica grande se disponen a la paga y el descanso de fin de semana.
Salida. Gusto, risas, diálogos. Planes de diversión. Seguimos a uno de ellos, motivo de la historia.
El descanso comienza en la cantina. De los tragos a la alegría. De la alegría a la euforia. De la euforia al cabaret. Del cabaret a la ebriedad total. De aquí al pleito. Del pleito a los gendarmes. De los gendarmes a la mordida. De la mordida al amanecer entumecido, borracho aún, en camión vacío hacia la casucha. En la casucha, estrépito de beodo, niños, mujer desgreñada, las sobras de la paga, muy pocos pesos, y a roncar. Todo el día roncando.
Domingo al anochecer. Cruda. Irritación. Cólera gratuita. Golpiza a la mujer. Niños despavoridos. Vecinos. Se va a la tienda, a curársela. Cervezas.
La una de la mañana. Otra vez casucha. Estrépito otra vez. Ronquidos.
Lunes en la mañana. Ojeroso, débil, hosco, temblón, entorpecido. Las bandas de la máquina corren a velocidad invisible. Torpe, tembleque, desatento y la banda lo busca, lo atrapa, lo tritura. Un grito corto, bronco, un crujir de huesos. Alarma. Estupor. Paran la máquina. Silencio. La máquina es una inútil fuente de sangre.
Ricardo Garibay
(Cómo se pasa la vida)
Hay mamíferos en mi jardín. Es una fiesta de pelajes y hocicos que se encuentran y se lamen unos a otros, mientras yo preparo mi desayuno o saco libros de mi maleta.
Se alimentan con hojas espontáneas de llantén y algunas hierbas que yo uso para infusiones (la hierba luisa y su textura filosa a lastimado a más de uno); todos tienen el aliento tan agradable, que a veces me acerco también a lamerlos.
Cada tarde, los mamíferos de mi jardín, imaginan como sería tener alitas de cuculí y hasta dónde podrían alzar vuelo, sin caer traicionados por su propio peso, o peor aún, conseguir solo un aleteo grotesco, como de gallina. Esa idea si les quita todo ánimo, no sé por qué su alta susceptibilidad al deseo de tener alas.
En cada ocasión llevé un pez. Lo retiré del recipiente con agua salada que lo mantenía vivo y tomando su cuerpo con ambas manos, lo dejé en medio del jardín. Al instante, todos los mamíferos hicieron un círculo alrededor suyo, sin acercarse demasiado lo observaron con interés; nunca habían visto un animal como ése, cuyo brillo plateado era la luz de la noche. lo dejé ahí, y juntos lo vimos saltar y agitar su torpe cabeza sin cuello.
Lisby Ocaña
http://www.revista-papalotzi.blogspot.com
En un pueblo no muy lejano, vivía en una choza una persona de edad avanzada, triste y solitaria que perdió lo que era todo su tesoro; la familia.
Ahí, en cada atardecer al pie de un árbol se ponía a pensar ¿cuándo será el fin de los días? Meditaba: "nunca llegará el fin de los días, lo que llegará es el fin de mi vida". El ayer es el presente y el presente será el mañana.
Hoy mismo donde el anciano especulaba, un niño se pregunta: ¿Es que acaso nunca llegará el fin de los días?
Juan Antonio
Requerimos su colaboración para localizar urgentemente una fuente que se ubicaba en los linderos del deportivo "cañahueca". Se le vio por última vez el viernes cuatro de marzo en su lugar. Rasgos físicos: tez blanca, complexión robusta, altura se desconoce, edad mucha pero no tanta, portaba unas enormes orejas o garrafal sonrisa (hasta la fecha se desconoce que era). Padece de sus facultades mentales (tanto la fuente como el que se la llevó).
Habrá recompensa: quien la encuentre será alcalde de la ciudad.
... niño de la calle (con todo y calle), inicie su propio negocio y realice sus ansiados sueños. Tenemos malabaristas, tragafuegos, payasuelos, limpiaparabrisas y pisavidrios. Tenemos en: diana cazadora, crucero de chedraui, fuente mactumatzá, novena sur y cada esquina con semáforo de esta ciudad. APROVECHE.
Una vez un señor subió a la luna. Le llamaron los bomberos y le dijeron que se bajara pero el señor no quiso bajar y dijo que ahí quería dormir, y después de muchos días le dijeron que se bajara y se bajó porque si no se iba a caer.
Alonso Daniel Cárdenas Díaz
(nació el 24 de febrero del 2000)
A Vicente Saldívar
Ahí está, tendida sobre la cama, desnuda, como si no le importara nada, excepto, que él la vea con ese tono de importancia que le dan sus ojos. Ella cambia de postura, flexiona la pierna dejando al descubierto los muslos. Se cubre con la sábana y se tiende boca arriba, el campeón no tiene que adivinar, todo se deja ver en una fantástica visión, sus senos se dibujan y luego sigue el vientre cayendo hasta el lago oscuro de la entrepierna.
Ella está de pie frente al campeón. El la mira esbelta y joven y bonita, pero también frágil, misteriosa, frívola. Está delante del campeón, casi intocable y siempre inocente y presente para concederle toda la desnudez pura de su cuerpo. Cuerpo bellísimo. Esplendoroso y eterno. porque todo, incluyendo los ojos del campeón se funden en ella. Camiba lentamente por los espacios del reducido cuarto. Anda en círculo, se vuelve a detener. Inmovilidad perfecta; el campeón ve su boca llena, el oscuro color de sus ojos inagotables, de su pierna levemente flexionada. Entonces el campeón del mundo se quita la ropa y se lanza dispuesto a poseerla. Se escuchan unos fuertes golpes en la puerta del cuarto seguidos por unos llamados angustiosos.
- ¡Mi campeón, te dije que no más miraras. No toques mi campeón, no toques, con la zurda no. No te dejes tentar por la calentura! Mi campeón, hazme caso, abre la puerta, no seas buey, mañana defiendes tu corona, nos van a chingar! ¡Campeón... campeón!
Ricardo Ramírez D'Gyves
(2° Festival de escritores chiapanecos Jaime Sabines)
Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.
Un día le dijo:
-Tus ojos miran a todo el mundo.
Entonces, le arrancó los ojos.
Después le dijo:
-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.
Y le cortó las manos.
"Todavía puede hablar con otros", pensó. Y le extirpó la lengua.
Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.
Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.
Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.
Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.
Henri Pierre Cami - Francia
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