Arthur Ganson
Cuando era un niño era demasiado introvertido, así que para poder sobrevivir a eso tuve que inventarme mi propio espacio, comencé a construir cosas para poder demostrarle a las demás personas mi amor y otros sentimientos, así que cada vez ponía más ideas y pasión en los objetos que construía, comencé a aprender la manera en que mis manos podían hablar a través de esos objetos.
Así llegué a entender que construir objetos no sólo tenían que ver con la idea sino con mis sentimientos que tengo en el momento de construirlos. Sin embargo, las ideas son desesperantes, tengo demasiadas piezas construidas que no tienen ninguna relación entre ellas, simplemente son ideas que llegaron a mi cerebro.
Comencé explorando el movimiento como muchos niños me divertía creando historias en las orillas de los libros y revistas, haciendo pasar rápidamente cada página se iba creando la animación y claro cuando uno es niño le encanta crear destrucción, así que mis historias animadas eran automóviles estrellándose.
Ya en la preparatoria me encontraba en medio de un mundo que había creado lleno de complicadísimas máquinas, cuando ingresé a la Universidad me comenzó a interesar la cirugía, esa habilidad tan precisa que puede uno tener con las manos y además la ingeniería, así que a fin de cuentas todas estas cosas se resumieron en crear esculturas donde pudiera poner en ellas las ideas, los sentimientos, la precisión quirúrgica y la mecánica.
Arthur Ganson fue residente en el Departamento de Ingeniería Mecánica del Instituto Tecnológico de Massachusetts, algunos de sus trabajos se encuentran ahí en una exposición permanente en el Museo del MIT en Cambridge, Massachusetts.
Sitio web: www.arthurganson.com
Artículos relacionados:
3 Comentarios para “Arthur Ganson”
Dejar una respuesta


Siempre me han interesado las manos. La capacidad infinita y definitiva de las manos. Como el amanecer luego del Diluvio. Como la certeza del primer jalón de aire de la vida. O como un verso de Huidobro (“irías a ser ciega que Dios te dio esas manos”). Así, pues. Absoluta. La capacidad expresiva de las manos, quiero decir.
Alguna vez deseé también ser cirujano. O músico dotado. O artesano carpintero. Pero, ya se sabe: las manos no me dieron para tanto. Y tal vez por eso es que me sorprendo tanto, y de forma tan feliz, cuando veo a gente como ésta, llámese Arthur, llámese Emilio o llámese Quien Sea.
Uno se siente reconciliado un poco con la vida porque personas así existen y nos dan su poesía, como fue siempre en el principio o debió serlo. Así nomás. Porque hay que hacerla y expresarla, y eso es todo. Y también porque es nada. Pero no importa, qué más da. Si el resultado es bello, ya lo ven ustedes.
El corazón se sabe además un poco más bueno. Porque ha logrado ver, quién sabe qué, en el fantástico vuelo de papeles o una silla; en la reflexiva caminata de un ser a duras penas vivo pero entero. Y eso a fin de cuentas, díganme si no, tiene que ser la poesía. La única que existe y está viva.
Quién sabe. A lo mejor sí es cierto que uno es una nada en medio de un montoncito minúsculo de tierra que va a ninguna parte y flota sobre el Universo, que no sabe –a lo mejor– qué es, ni quiere. Pero ¡coño! que es hermoso.
Y ahí están tus manos colocando a través de tus dedos las letras precisas para demostrar tu incongruencia. Alberto tu eres cirujano en otra especialidad.
De incongruencias, ni lo dudes, viejo: soy el máster. En cuanto a los dedos, me vas a perdonar, ¡pero eso es de señoritas! No, no. Yo preferiría unas manos decentes, todo lo analfabetas que se quieran, pero que hicieran poesía de la buena. No de ésa pobre torpe que a golpe de palabras se abre paso, trabajosamente.
En todo caso, muchas gracias por lo que haces. Por compartirlo y por todo lo demás. ¡Abrazo!