XIX
Por la mañana salgo al campo y hablo con los pájaros y las hormigas. En el pueblo dicen que soy tonto y debo serlo, pues me gustan los seres pequeños y temo a los grandes. Por las tardes me siento en la plaza, bajo el laurel y, a veces, me dan un pedazo de pan, un poco de queso y, los domingos, una rosquilla con ajonjolí. Como de prisa y me acuesto a dormir.
Duermo mucho y en el sueño veo a mi madre. Un día, cuando yo era pequeño, se fue y nunca regresó. Desde entonces, el pueblo entero es mi casa y en el invierno me refugio en la puerta de la iglesia y me cubro con la cobija que me presta Papa Yorgos.
Conozco a todos los del pueblo y sé muchas cosas de sus vidas y de sus muertes. Como piensan que soy tonto y no entiendo nada, hablan delante de mí y yo me guardo sus historias. Me gustan el pan, el queso, las rosquillas y las yerbas del monte.
No sé si me gustan las personas, pero me dan miedo. Por eso nada más hablo con los pájaros y las hormigas. Nunca me contestan, pero eso no importa. Les mando mi voz y les regalo mis palabras. Nada más puedo dar eso. Recibo todo lo que ven mis ojos: el mar, el sol, el cielo, las tormentas, el camino del monte, el silencio y los gritos de las personas.
Recibo además, el sueño. Es ahí donde de verdad no soy tonto y vivo y siento algo parecido a lo que Papa Yorgos, en su sermón de Pascua, llama amor.
Hugo Gutiérrez Vega. Peregrinaciones poesía 1965-2001